Viaje a Formentera (Segunda parte)

Que bien que comimos… hacía fresquito pero nos apetecía pisar esas piedras donde se asentaba el restaurante, la mezcla oscura de las rocas el azul del cielo, del mar, el blanco de la espuma de las olas al golpear contra las rocas…. Me invadió una sensación de libertad y de fusión con la naturaleza de la que desperté por unas pequeñas gotas que empezaron a caer, alguien nos indicaba que era el momento de volver al Hotel.

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Recordé entonces a Benedetti:  Parpadeo

Esa pared me inhibe lentamente
piedra a piedra me agravia

ya que no tengo tiempo de bajar hasta el mar
y escuchar su siniestra horadante alegría
ya que no tengo tiempo de acumular nostalgias
debajo de aquel pino perforador del cielo
ya que no tengo tiempo de dar la cara al viento
y oxigenar de veras el alma y los pulmones

voy a cerrar los ojos y tapiar los oídos
y verter otro mar sobre mis redes
y enderezar un pino imaginario
y desatar un viento que me arrastre
lejos de las intrigas y las máquinas
lejos de los horarios y los pelmas

pero puertas adentro es un fracaso
este mar que me invento no me moja
no tiene aroma el árbol que levanto
y mi huracán suplente ni siquiera
sirve para barrer mis odios secos

entonces me reintegro a mi contorno
vuelvo a escuchar la tarde y el estruendo
vuelvo a mirar el muro piedra a piedra
y llego a la vislumbre decisiva
habrá que derribarlo para ir

a conquistar el mar el pino el viento.

Uno se da cuenta que ha acertado en la elección del Hotel cuando lo mira y remira y toma ideas inconscientes para su casa, su terraza, su oficina . Yo miraba y miraba y encontraba detalles que me inspiraban. Coincidió además con una exposición Aaron Keydar y Carlos Sotillos de esculturas con madera de savina que nos encantó.

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Teníamos mucho que ver todavía, así que una duchita rápida y a seguir descubriendo lugares mágicos. Era el momento de encontrarnos con el Faro de la Mola. Este faro también es conocido como el de Julio Verne que en su obra Hector Servadac podemos encontrar –¿No sabremos jamás en qué lugar se encuentra este último superviviente de la Tierra? –exclamó el capitán Servadac. –¡Ah! –dijo de pronto Nina–. Mira, Zuf, mira. Y mostró a Ben-Zuf la paloma que tenía en la mano. En el ala izquierda del ave veíase con toda claridad la impresión de un sello húmedo, en el que se leía una sola palabra que expresaba lo que más interesaba saber:

Formentera.

 

 

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