Diecinueve de junio. El gran día

Tengo una llamada perdida de anoche, del ginecólogo. Son las ocho de la mañana, los niños están durmiendo con sus abuelitos y yo tengo programada una cesárea porque mi bizcochete crece poquito a poquito y es mejor que engorde fuera. Nos vamos tranquilamente a la clínica, llegó el gran día.

Todo va bien, en el electrocardiotocógrafo no se ve nada anormal, buen ritmo y buenas contracciones. La llamada de ayer era para cambiarme de hospital. Durante todo el embarazo sabíamos que tendría al niño en el mismo hospital privado de sus hermanos, pero ayer se decidió que para un niño con síndrome de down era mejor ir a un hospital público. Pues allí que nos fuimos. A los pobres abuelos los llevábamos locos.

La espera hasta entrar en la sala fue larga, no fue un buen parto, el tiempo pasaba y yo solo pedía que avisaran a mi familia de cómo iban las cosas. Cuando sacaron a mi bizcochete no le pude dar ni un beso. Antes de que se lo subieran a la UCI pediátrica supliqué que me dejaran darle un beso, me lo acercaron cuanto apenas y estiré los labios hasta alcanzarle un ojito, pobre.

Parece ser que me iba, no me podían recuperar, agarrada a la foto de mis hijos y de la imagen de la “Geperudeta” no paraba de rezar y de pedir que me sacaran de allí, pero no “con los pies por delante”. Les oía contar gasas. Al principio hablaban de sus cosas, de la cena de la semana pasada, de una boda, de lo que se iban a poner, todo parecía que iba bien, pero las agujas del reloj no dejaban de avanzar y yo seguía en la sala. Empezaron a pedir instrumental como en las películas, el tono se enrareció y a las residentes se les quedaba muy grande mi parto. Comencé a asustarme. Me mareaba, estaba perdiendo mucha sangre. Yo preguntaba si iba a salir y me decían que pensara en cosas bonitas, que les hablara de mis hijos. Entró la ginecóloga responsable cuando la cuerda que me ataba a este mundo empezaba a deshilacharse. Tuvo que llamar a un cirujano porque no sabían como hacer para que dejara de sangrar. Tenía muchas adherencias y me desgarraron el útero. No era un parto para residentes.

Pasaron horas y consiguieron estabilizarme, me mandaron a la REA, a mi familia le dijeron que las siguientes 24 horas eran críticas, a mi no me dijeron nada.

14 de diciembre. Susto inicial

Llegué llorando, sola,  mi cabeza daba vueltas y vueltas… que pasaría con mis niños….

-Susana, puedes pasar

Intenté estar fuerte y contarle todo lo que me estaba pasando, tenía pequeños manchados y fuertes dolores en el abdomen. Mi ginecólogo me miraba con ternura, me tranquilizó –espera-me dijo –ahora lo miramos todo bien. Me tumbe rezando y sin querer mirar la pantalla que otras veces miraba con ansiedad buscando una carita, una manita…. -¡Susana! ¡Abre los ojos! – me daba miedo ver una mancha oscura o cualquier cosa que asegurara que yo estaba en lo cierto, que estaba enferma, que tenia poco tiempo….. Abrí los ojos y miré fijamente la pantalla y algo parpadeaba….. me puse a llorar y a reir ¡¿es lo que creo?! Me quede paralizada, no podía despegar los ojos de ese pequeño corazoncito que no paraba de latir. Les pedí un abrazo, era simplemente la mamá más feliz del mundo.