Veintiseis de junio, la UCI

Dios le da las batallas más difíciles a sus mejores soldados. Esta frase me acompañó durante toda la estancia en la UCI. Iba a volver con los míos, debía ganar esta batalla.

La UCI es una gran sala con pequeñas habitaciones sin puertas y donde los médicos, enfermeras, auxiliares, limpieza… se convierten en tus acompañantes durante 24 horas. Tu familia sólo tiene acceso dos veces al día, la hora de comer y la de cenar. Son los dos momentos más felices del día.

Es importante estar lo más atento posible a todo. Yo desarrollé el sentido del oído de manera extraordinaria. Había una enfermera para cada dos pacientes y dos auxiliares para cuatro. Cada día preguntaba el nombre de mi enfermera y de mis auxiliares, quería centrarme en ponerme buena y para ello estaba atenta a lo que decían los médicos y comprobar que las enfermeras no olvidaban ninguna de las órdenes, os aseguro que más de una vez tuve que pedir que por favor consultaran de nuevo a los médicos. No obstante tuve muchísima suerte con las personas que se ocuparon de mí.

En la UCI no es recomendable saber mucho de tus compañeros, no suelen haber noticias buenas. Las horas se hacen eternas y dormir da miedo por si no te vuelves a despertar.

Una de las cosas que más les preocupaba eran mis valores de Proteina C reactiva, que indica el riego de desarrollar enfermedades cardiovasculares si su valor es superior a 3.0 mg/l. Mis valores eran de 213 mg/l, si si, no me he equivocado al colocar la coma. Superaba en 210 mg/l los valores que se consideran de alto riesgo.

Solicitan entonces los valores del Dimero D para descartar la presencia de un trombo. Los valores de referencia son (0-250). Mis valores son de 3.440 ng/mL. Superan en 3150 ng/mL los valores techo.

Estos datos no pintan muy bien.

Frente a mi cama, me colocan las fotos de mis hijos, y la imagen de la “Geperudeta” la Virgen de los Desamparados, la Patrona de Valencia.

No puedo moverme, debo estar tumbada boca arriba con los brazos en cruz, voy llena de cables y con mascarilla por la baja saturación de oxígeno. Me cambian los antibióticos, quieren conseguir bajar los valores de infección en sangre. Serán días y noches en la misma posición, sueño con dormir de ladito, con los brazos juntitos y con los míos.

Espero como agua de mayo la hora de la comida y cena para ver a mi familia y tomar fuerzas. Creo que ellos no saben que son mi mejor medicina.

veinticuatro de junio

Vuelvo a estar en planta. El dolor de cabeza ya ha desaparecido. Hoy me ponen dos bolsas de sangre, sigo con anemia. Mi perfil sigue siendo de una embarazada, mi madre está asustada porque piensa que puede ser una infección pero los médicos lo descartan. Todavía no he visto a mi bizcochete, sueño con abrazarle y besarle. Me cuentan que está bien, pero no es cierto, hoy ha empeorado, lo que empezó como episodios aislados de desaturación, se vuelve un hecho continuo y deben tratarle para mantener los valores normales, lo tienen unos días en ayuno por sospecha de aspiración de contenido gástrico, y yo no estoy ahí con él. Estoy en una habitación una planta por debajo de la suya.

Al día siguiente recibo la visita de mi ángel de la guarda vestida de ginecóloga, cuando me están curando la herida ve algo que no le gusta. Aprieta la herida y su cara lo dice todo. Tengo una infección de caballo. Del primer drenaje que me hacen en la propia habitación sale 1’5 kg de exudado infectado. Me bajan a la UCI.

Veinte de junio. Primer día en REA

La verdad es que cuando uno está metido en la vorágine que envuelve el ingreso en un Hospital no llega a darse cuenta del todo de lo que pasa. Recuerdo que les dijeron que hasta el día siguiente no podrían verme. Mis padres se tuvieron que ir porque los peques dormían en su casa. Con mi costilla hicieron la vista gorda y le dejaron entrar un par de veces por la noche en el REA (Servicio de UCI para los ingresos de urgencias) al ver que se había quedado en el pasillo toda la noche. Entró heladito a contarme cosas de nuestro “bizcochete”. Todo iba bien. (Eso es lo que me contaba)

No pude dormir, mis compañeros se quejaban y yo estaba atenta a todos los cables y monitores. Las enfermeras dejaban las luces encendidas. Al día siguiente me subieron a planta, habitación 640. Que alegría ya quedaba menos para disfrutar de mi bizcochete que seguía en neonatos y según me decían, estable. Hoy empezaba a moverme un poquito. Si me dejaban, mañana subiría a ver a mi bombón, por fin podría abrazarle, besarle…

Familia, amigos, flores… pero las horas pasaban lentas…. YA!!!! amaneció despacio pero inundó de luz y esperanza la habitación, silla de ruedas y al piso superior!!!

No pude entrar, la cabeza parecía que me iba a estallar y los médicos de neonatos me enviaron de vuelta a la habitación. Vaya, otra cosita, el anestesista, como no, un chico en prácticas también, me había pinchado mal, con lo que tenía una fuga de líquido cefalorraquídeo y debía permanecer en reposo un par de días. Mientras, el dolor abdominal era cada vez mayor y el volumen de mi barriga no disminuía. Decidieron volverme a bajar a REA, esta vez dos noches.

Diecinueve de junio. El gran día

Tengo una llamada perdida de anoche, del ginecólogo. Son las ocho de la mañana, los niños están durmiendo con sus abuelitos y yo tengo programada una cesárea porque mi bizcochete crece poquito a poquito y es mejor que engorde fuera. Nos vamos tranquilamente a la clínica, llegó el gran día.

Todo va bien, en el electrocardiotocógrafo no se ve nada anormal, buen ritmo y buenas contracciones. La llamada de ayer era para cambiarme de hospital. Durante todo el embarazo sabíamos que tendría al niño en el mismo hospital privado de sus hermanos, pero ayer se decidió que para un niño con síndrome de down era mejor ir a un hospital público. Pues allí que nos fuimos. A los pobres abuelos los llevábamos locos.

La espera hasta entrar en la sala fue larga, no fue un buen parto, el tiempo pasaba y yo solo pedía que avisaran a mi familia de cómo iban las cosas. Cuando sacaron a mi bizcochete no le pude dar ni un beso. Antes de que se lo subieran a la UCI pediátrica supliqué que me dejaran darle un beso, me lo acercaron cuanto apenas y estiré los labios hasta alcanzarle un ojito, pobre.

Parece ser que me iba, no me podían recuperar, agarrada a la foto de mis hijos y de la imagen de la “Geperudeta” no paraba de rezar y de pedir que me sacaran de allí, pero no “con los pies por delante”. Les oía contar gasas. Al principio hablaban de sus cosas, de la cena de la semana pasada, de una boda, de lo que se iban a poner, todo parecía que iba bien, pero las agujas del reloj no dejaban de avanzar y yo seguía en la sala. Empezaron a pedir instrumental como en las películas, el tono se enrareció y a las residentes se les quedaba muy grande mi parto. Comencé a asustarme. Me mareaba, estaba perdiendo mucha sangre. Yo preguntaba si iba a salir y me decían que pensara en cosas bonitas, que les hablara de mis hijos. Entró la ginecóloga responsable cuando la cuerda que me ataba a este mundo empezaba a deshilacharse. Tuvo que llamar a un cirujano porque no sabían como hacer para que dejara de sangrar. Tenía muchas adherencias y me desgarraron el útero. No era un parto para residentes.

Pasaron horas y consiguieron estabilizarme, me mandaron a la REA, a mi familia le dijeron que las siguientes 24 horas eran críticas, a mi no me dijeron nada.

veintiuno de febrero

La  verdad es que me daba miedo recibir la llamada, me tuve que repetir la prueba porque los resultados no eran coherentes. Hoy me ha llamado el ginecólogo para adelantarme la visita. Dice que le van a cambiar el ecógrafo y que quiere verme antes. Me suena raro. Acudimos con la ilusión de volverle a ver la carita preciosa que se le adivina. Al entrar está serio y Amparo está con los ojos llorosos. Me imagino que están los resultados y no son los deseados.

Uno sobre uno, es decir un cien por cien de probabilidad. Ya está. Ha llegado la calma, la paz. Mi bizcochete tiene síndrome de down.

catorce de enero. Hoy es mi cumpleaños.

Hoy es mi cumple, son las 8:00 de la mañana y estoy en una sala sentadita esperando a que me llamen. Oigo mi nombre y me levanto como un rayo, voy sonriendo, segura de que todo saldrá bien, ¡es mi cumpleaños!.

En la última visita al ginecólogo me informaron de una nueva prueba de diagnóstico prenatal no invasivo. Consiste en realizar un simple análisis de sangre.

Aunque el riesgo de aborto espontáneo de una amniocentesis ronda el 1%, no podía poner en riesgo a ese bebé que estaba creciendo puesto que el resultado de la prueba iba a ser el mismo: dejarle vivir.

He leido excusas horribles tales como “la posibilidad de esclavizar a un niño con malformación de por vida por no abortar”. Parece que si uno no es perfecto, no merece vivir. Pues señores, YO SOY IMPERFECTA y estoy segura que mucho más que mi hijo con síndrome de down.

Me informé de los lugares donde realizaban esa prueba y de momento tenía que recurrir a un laboratorio privado. ¿Por qué necesitaba realizarme esa prueba? Sobre todo, por llevar un embarazo tranquilo y no hacer sufrir a mi bebé con mis nervios del ¿qué pasará?.

La técnico me recibió con una sonrisa preciosa, me tranquilizó diciendo que todo iría bien, en cuatro semanas me darían los resultados. Ahora solo había que esperar. De mi sangre, extraerían el ADN fetal analizando millones de secuencias de cada cromosoma y en especial la de los cromosomas 21, 18 y 13. Salí de allí con la sensación de que me acaban de dar el mejor regalo de cumpleaños.

un tercio…

Un tercio, muy bien, un tercio…. ¿una cerveza?, ¿unidad militar?; ¿cambiamos de tercio?…. no, un tercio que cambiaría a mejor  nuestra vida, la de todos. [Read more…]

14 de diciembre. Susto inicial

Llegué llorando, sola,  mi cabeza daba vueltas y vueltas… que pasaría con mis niños….

-Susana, puedes pasar

Intenté estar fuerte y contarle todo lo que me estaba pasando, tenía pequeños manchados y fuertes dolores en el abdomen. Mi ginecólogo me miraba con ternura, me tranquilizó –espera-me dijo –ahora lo miramos todo bien. Me tumbe rezando y sin querer mirar la pantalla que otras veces miraba con ansiedad buscando una carita, una manita…. -¡Susana! ¡Abre los ojos! – me daba miedo ver una mancha oscura o cualquier cosa que asegurara que yo estaba en lo cierto, que estaba enferma, que tenia poco tiempo….. Abrí los ojos y miré fijamente la pantalla y algo parpadeaba….. me puse a llorar y a reir ¡¿es lo que creo?! Me quede paralizada, no podía despegar los ojos de ese pequeño corazoncito que no paraba de latir. Les pedí un abrazo, era simplemente la mamá más feliz del mundo.